Nada más contagioso que el ejemplo, y nunca podemos hacer ni grandes bienes ni grandes males
que no engendren otros parecidos. Imitamos las buenas acciones por emulación, y las malas por la
malignidad de nuestra naturaleza, que la vergüenza retenía prisionera, y que el ejemplo pone en libertad.
Lo que tomamos por virtudes a menudo no es más que un compuesto de diversas acciones y diversos
intereses que el azar o nuestro ingenio consiguen armonizar, y no es siempre el valor y la castidad
lo que hace que los hombres sean valientes y que las mujeres sean castas.
A menudo se hace ostentación de las pasiones, aunque sean las más criminales; pero la envidia es
una pasión cobarde y vergonzosa, que nadie se atreve nunca a admitir. En cierto modo los celos son
algo justo y razonable, puesto que tienden a conservar un bien que nos pertenece o que creemos
que nos pertenece, mientras que la envidia es un furor que no puede tolerar el bien de los demás.
Si no tiviéramos defectos no sentiríamos tanto placer descubriendo los de los demás.
El orgullo se resarce siempre y no pierde nada, incluso cuando renuncia a la vanidad. Si no tiviéramos
orgullo no nos quejaríamos del de los demás. El orgullo es igual en todos los hombres, solo varían los medios
y la manera de manifestarlo. Parece como si la naturaleza, que tan sabiamente dispuso los órganos de
nuestro cuerpo para hacernos felices, hubiera querido darnos también el orgullo para evitarnos
el dolor de conocer nuestras imperfecciones. El orgullo interviene más aún que la bondad en nuestras
represiones a quienes han cometido algún yerro, y les reprendemos más que para corregirles, para convencerles
de que estamos exentos de él.