La felicidad estriba en nuestro placer y no en las cosas; somos felices por poseer lo que amamos, y no
por poseer lo que los demás juzgan deseable. Nunca somos tan felices ni tan desdichados como creemos.
No hay accidentes tan infortunados de los que las personas inteligentes no saquen alguna ventaja,
ni tan felices que los imprudentes no puedan convertir en perjuicio suyo.
Nada mengua tanto la satisfacción que sentimos de nosotros mismos que ver que aprobamos hoy lo que
desaprobamos tiempo atrás.
La sinceridad es una obertura de corazón. Se da en muy pocas personas, y la que solemos ver no es
más que un disimulo sutíl, destinado a atraer la confianza de los demás. La aversión a la mentira es
a menudo una imperceptible ambición de dar importancia a lo que decimos y de conseguir para nuestras
palabras un respeto religioso. La verdad hace menos bien en el mundo que mal hacen sus apariencias.
Un hombre hábil ha de establecer jerarquía entre sus afanes, e impulsar cada uno de ellos según
su orden; nuestra avidez a menudo lo turba, haciéndonos perseguir tantas cosas a un tiempo,
que por desear con excesivo ardor las menos importantes perdemos las que valen más.